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No. No se trata de vinos para llorar. De esos, para bien y para mal, hay muy poquitos. Tampoco es directamente una muestra de calidad, sin embargo, muchas veces la lágrima del vino o un vino de lágrima regalan más felicidad al bebedor

E n nuestra lengua se llama lágrima, en inglés y francés pierna, en alemán ventana gótica, pero la imagen es inconfundible: basta agitar con un movimiento circular la copa de vino para que, cuando se aquieta, aparezcan en las paredes unas gotas que se deslizan, más o menos lentamente, desde la cota más alta a la que ha llegado el líquido. Unas descienden más ligeras, en canalillos, otras quedan retenidas más tiempo en forma de gotitas gruesas y densas.

Este análisis visual ya da pistas sobre cómo será el tacto en el paladar, la densidad, el paso untuoso, el cuerpo sedoso e incluso un punto casi dulce que vamos a encontrar en el vino. En realidad refleja el contenido en alcoholes, el etílico que viene a ocupar más del 90% y el glicerol, que es más denso. Esto, que parece evidente y eterno, resulta que tiene fecha y autor. Las llamadas lágrimas del vino fueron definidas por el físico James Thompson en 1855. Diez años más tarde, en su tesis doctoral, un físico italiano describió y cuantificó esa reacción, de modo que ahora lleva su nombre: el efecto Maragoni.

Se produce por la diferente tensión superficial de dos líquidos, en este caso agua y alcohol. Y si alguien no lo cree, puede hacer la prueba echando una laminilla de agua en un plato y depositando en el centro una gota de alcohol. Verá como se extiende esa gota empujando al agua.

Claro que en la cantidad, intensidad y permanencia de la lágrima en la copa influyen otras muchas condiciones además del grado alcohólico, por ejemplo la temperatura, la densidad general del vino, la calidad del cristal de la copa o los residuos de detergente o abrillantador. Y, en todo caso, la lágrima es signo de potencia pero no de calidad del vino, aunque sí que ayuda al paladar.

Aaahhh! Y lágrima es también un tipo de vino, el que sale directamente del mosto de la uva sin prensarla, solo por su propia presión. También se llama mosto de yema y produce unos vinos dulces deliciosos, sobre todo en Andalucía y Levante. Para llorar de placer.

 

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