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El viñedo del fin del mundo

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Sudáfrica posee una riquísima biodiversidad. Según los botánicos, sobre su suelo viven más de 8.550 especies de plantas. No es de extrañar que la vid, uno de los vegetales que mejor se adaptan a cualquier clima, enraizara enseguida en aquella tierra y en el alma de los primeros colonos. Hoy es una potencia vinícola entre los países emergentes. Texto y fotos: Bartolomé Sánchez Los primitivos viñedos se originaron alrededor de Ciudad del Cabo (Cape Town) ya en 1650, de modo que desde Jan van Riebeeck, según la historia el primer cultivador que plantó allí una cepa, han pasado 356 años. Durante este tiempo los vinos de Sudáfrica han salvado notables avatares hasta llegar a la actualidad, su mejor momento histórico. La viña pasa de las 100.000 hectáreas y ocupa el noveno lugar del mundo en producción. Sus bodegueros y enólogos no han tenido reparos en elaborar productos similares a vinos exclusivos de viñedos afamados, y, lo que es peor, copiando sus nombres originales, cosa que ha levantado la protesta de países que, como es lógico, los protegen como las joyas de su corona enológica. Los “tipos” sherry, port, ouzo, grappa, y alguno más, todavía campan por las etiquetas sudafricanas a pesar de que parece zanjado el problema desde que firmaron acuerdos con la Unión Europea. Curiosamente a la uva Palomino, llevada en su día para elaborar finos y destilados, es conocida como «uva francesa». Las áreas vitivinícolas más significativas son: Stellenbosch, la zona más conocida, que guarda una serie de ventajas para la viña como las corrientes frías que le proporciona la cercana bahía «False Bay»; son notables sus vinos tintos de Cabernet, y se elabora el mejor Pinotage, según los entendidos. Otra zona, Paarl, es como un puzzle en el que se pueden hallar variados microclimas, diversos suelos y tipos de vino y formas de elaborar. La zona de Constantia/Cape Point, privilegiada situación en plena península de El Cabo, produce una gama de blancos de buena calidad. En Franshhsoek, precioso emplazamiento en pleno valle, pequeño reducto de colonos de ascendencia francesa, hay grandes bodegas y viñas muy cuidadas. Además, la viña se desarrolla con éxito en Wellington, Southern Cape, Helderberg, Walker Bay, Elgin, Tulbagh, Worcester, Robertson, Litle Karoo, Durbanville, Olifants River, Darling… El origen del vino sudafricano Ciudad del Cabo resplandece al sol de la mañana, sus largas avenidas se llenan de vida y colorido. Calles, tiendas y plazas son un hervidero de personas de todos los orígenes, salpimentado con abundantes turistas. En especial un gran complejo de tiendas llamado «Waterfront», instalado en las antiguas instalaciones y almacenes del puerto. Hay calles como «Long Street» donde se acumulan y estallan las ganas de marcha, y aparece más animada un viernes de madrugada que por el día. En cierto modo, los ciudadanos conviven de espaldas a la miseria que rodea el primer mundo de la ciudad, pues nada más entrar en la N-2 se pueden ver desde la autovía (o desde el aire cuando el avión planea el aeropuerto) una sucesión inacabable de miles y miles de casas-chabolas bordeadas de interminables muros. Ese panorama acompaña al viajero durante muchos kilómetros a lo largo de la carretera. La última novedad es que casi todas disfrutan de electricidad gratis ofrecida por el gobierno. Cape Town luce con orgullo sus símbolos, que son sus montañas, como el curioso Monte de la Mesa (Table Muntain), uno de los emblemáticos. Los otros son el «Lion’s Head» (cabeza del león) -siempre que se aguce la imaginación- y «Signal Hill» (colina de la señal), así llamada porque un cañón allí emplazado señalaba cada día las doce del mediodía con un sonoro cañonazo. Decía que «La Mesa» es un monte-imán que sobrepasa los mil metros de altitud y que, por su forma -su cima se asemeja a una meseta-, bien merecido tiene su nombre. Pero dicen que sus descubridores le llamaron La Mesa por un raro fenómeno climático. Y es que a menudo se posa sobre su altiplanicie una nube tan delgada y ajustada que parece un mantel de encaje. Allí permanece quieta horas y días enteros, casi siempre en la misma posición. Como mucho baja perezosamente hasta media montaña para luego rampar de nuevo hasta la cima. Este fenómeno atmosférico se divisa desde muchos kilómetros y desde distintos emplazamientos, lo que acentúa su enigmático aspecto. Pinotage: orgullo nacional Nadie hubiese dado un «rand» (unidad de moneda nacional) por la variedad Pinotage hace tan solo veinte años. Pero por un golpe de fortuna ahora representa el sabor del vino sudafricano por excelencia. Fue Abraham Izak Perold, un inspirado y culto profesor de la universidad de Stellenbosch, quien en 1925 le dio forma al generar un híbrido con las dos cepas que más le gustaban: la Pinot noir y la Cinsault. Debió de creer que si salía bien el invento se evitaría en adelante pensar en «coupages» con sus dos vinos favoritos. Realizó varios ensayos con éxito, cuyos resultados plantó en su jardín (cuatro semillas) aunque después decayó su interés hasta dejar abandonados los jóvenes plantones. Allí, abandonados a su suerte, los sarmientos crecieron sin el cuidado del hombre, olvidados por su padre, el Sr. Perold, emigrado a otra ciudad. Hasta que un verano el Dr. Charlie Niehaus recuperó las cuatro cepas de la entonces llamada «Perold’s HermitagexPinot». Fue el profesor de Waal quien comenzó a vinificar las venturosas uvas en Elsenburg. Los primeros resultados gustaron, y poco a poco los agricultores se animaron a plantar esta variedad, ya considerada como distintiva del país. Ya desde 1955 existía una extensión considerable de este varietal, llamado definitivamente Pinotage. Su gran prueba de fuego fue en la década de los 80 cuando un grupo de enólogos y especialistas ingleses, en busca de nuevos vinos, redescubrieron el Pinotage, vino que en un primer momento juzgaron hostil y destructivo, y aconsejaron a aquellos viticultores que más les valdría dedicarse a otros varietales. Así que, vuelta a empezar. Se arrancó buena parte de viñedo para emplear la tierra con otras cepas, sobre todo las que por entonces se ponían de moda en América, Cabernet Sauvignon y otras. Hasta que en 1991, Beyers Truter, de Kanonkop, expuso sus vinos en la International Wine and Spirit Competition, y sedujeron al jurado hasta el punto de que fue elegido “elaborador del año”, un premio que volvió a situar el polémico Pinotage de moda. Ahora representa uno de las mejores bazas del vino sudafricano. En los alrededores del cordón montañoso de Simonsberg se concentra el mejor terreno para la Pinotage, y también en una pequeña zona cerca de Cape Town. Hoy, su utilización se ha internacionalizado, y ya hay etiquetas con su nombre en Zimbawe o en Nueva Zelanda. What is happening here? «¿Qué sucede aquí?», dice un curioso cartel en los lagares de Kanonkop dedicado a los aprendices. Desde donde se ubica el rótulo se domina casi todo el proceso. Los depósitos donde se fermenta el vino son abiertos y de cemento. Hay acero y barricas de roble francés. La bodega es de las históricas de Stellenbosch y una de las primeras que plantó un viñedo de Pinotage. Kanonkop significa «El cañón de la colina», así llamado porque antiguamente desde este lugar un fuerte cañonazo avisaba al vecindario de que un buque anclaba en el puerto, cargado de mercancías para vender, comprar o cambiar. Su preciosa viña de Pinotage está plantada en vaso y situada en suaves colinas de suelos profundos y granito degradado (algo así como el «sauló» de Alella). En esa misma finca se ven notables círculos con vides mucho más verdes que el resto, como esas señales geométricas misteriosas, cercanas a la ciencia-ficción, pero que en este caso nada tienen de extraordinario. Hay dos teorías lógicas al respecto. Una, es que se trata de grandes termiteros antiguos que dejaron enriquecido para siempre el suelo que ocupaban. Otra, que son simplemente huellas que legaron los árboles gigantescos que poblaban la región. En esta bodega se aprende a comprender al Pinotage, apreciar sus virtudes, interpretar sus defectos. Considerar, al fin, que sus vinos pueden mejorar con el tiempo. Cerca de Kanonkop se encuentra una de las bodegas más grandes y de intrincado nombre de Sudáfrica, Uitkyk State. Posee unas 600 hectáreas de viñedo y hace vinos modernos. Asimismo, Morgenhof State, con una preciosa finca, amplio jardín y un Sauvignon blanc de los mejores. Como sorpresa (aunque no debería ser así porque me he encontrado sus vinos en los sitios más insospechados), Remhoogte Wine State, la bodega que asesora y de la que es copropietario, el inevitable trotamundos Michel Rolland. Estas cuatro, junto a once más, han fundado una asociación, dentro del área de Stellenbosch, para promocionar sus productos al unísono. Se llama Simonsberg Ward, «La unión hace la fuerza», que, como vemos, debe de ser un refrán internacional. Descalzos por el parque Desde la terraza de Luddite se divisa un apacible panorama al atardecer. Las oscuras montañas al fondo, el cielo azul intenso en fuerte contraste con la viña, la lejana arboleda o el césped cercano, donde una caterva de niños descalzos retozan y juegan al balón. (Los niños de las zonas rurales de El Cabo siempre van descalzos). Luddite es la bodega que Niels y Penny Verburg poseen en Bot River. Se ubica cerca del mar, una zona conocida como Walter Bay. Él es uno de los más experimentados enólogos del país. A fines del Apartheit, juntos hicieron un gran periplo por todo el mundo vinícola y trabajaron en Francia, Australia, Chile y Nueva Zelanda, siempre en aras de una sólida formación. Ahora Niels asesora otras bodegas, aunque cuida con complacencia su pequeña finca (apenas 6 hectáreas de Shiraz, Monastrell y algo de Cabernet). Su viña se encuentra en uno de los terrenos más pobres de la comarca. El lagar ahora se halla en plena construcción por lo que sus vinos se crían a buen recaudo en Iona Vineyards (casa a la que también asesora), de Elgin, a casi una hora de camino. Cerca de esta bodega se aprecia una casa colonial típica «afrikaneer», monumento nacional, diseñada hace más de cien años por el famoso arquitecto Herbert Baker. Disfrutamos de una cata horizontal de sus cosechas que confirma a Luddite como posiblemente el mejor Shiraz sudafricano. Al final de la noche, en esa misma terraza, y después de haber cenado, la calma es total, la noche tan clara que da la sensación de poder tocar las estrellas. Un refugio para gozar Una bodega minúscula en un paisaje de ensueño, rodeada de árboles, plantas diversas y viñedos. Es el panorama soñado para vivir y trabajar por cualquier aficionado o conocedor del vino. Ahí forja, proyecta, se aplica Sebastian Beaumont, uno de los hijos de la prestigiosa familia Beaumont, de dilatada historia en el mundo del vino. Sebastian es joven y trabaja demasiado, cosa que no parece importarle. Elabora muchos tipos de vino para ser bodega tan pequeña, desde tres blancos a numerosos tintos, dulces de botritis (de los mejores del país) y «port vintage». Suelos diferentes en la misma finca: en el llano, limo, en las laderas, pizarra. Las viñas, muy bien cuidadas, se acaban de vendimiar, pero los racimos de su Sémillon cuelgan todavía en espera de su redención y nobleza cuando alcancen la reválida de la podredumbre, embutidos en pequeños sacos que les protegen de la avidez de los pájaros. No solo aquella campiña es hermosa, la historia del país se hace presente en sus tierras, por las que discurre el mismo camino, entre los gigantescos robles y viñedos, que transitaron en caravana carretas de «boer» (los colonos holandeses), en busca de nuevos horizontes. En esos parajes, cruzados por el Bot River, había campamentos de «khoy khoy», los antiguos pobladores del país, llamados hotentotes por los europeos. Cuando llueve, la «sandstone» (piedra arenisca) cede al agua su color amarillento. Por eso se llama «Bot River» (Río mantequilla). La montaña mágica Durbanville parece una tierra predispuesta en exclusiva para plantar viña. Desde la bodega Durbanville Hills, estratégicamente construida en la ladera de un alto cerro, se pueden ver los ordenados viñedos en las suaves colinas que la rodean (que recuerdan a la Toscana). A lo lejos, Table Muntain señala que a su lado se halla Cape Town y, muy cerca, la bahía Table Bay. En la tarde brumosa a duras penas se divisa la pequeña isla de Robben, donde estuvieron presos tantos años Nelson Mandela y demás luchadores por la dignidad humana. Nace esta bodega como cooperativa, aunque con filosofía de pequeños propietarios. Los vinos más comerciales se elaboran conjuntamente (sobre un millón de litros de Sauvignon blanc, de los seis que produce) pero los de pago, cada viticultor cuida y plantea el suyo. La bodega, muy bien diseñada, es un centro vinícola que recuerda algún pasaje de la película «Entre Copas», con sala de catas, visita guiada para turistas, punto de venta (of course!) y hasta restaurante. Grandes esperanzas de futuro En Sudáfrica hay dos instituciones donde se estudia y aprende el oficio de hacer vino. La Universidad de Stellenbosch y la Escuela de Agricultura Elsenburg. De esta escuela sale el 80% de los enólogos del país. Según Jan Bosman, -Head of Office, secretario del ministro de Agricultura- hay un proyecto para incorporar más ciudadanos negros a la enología, a los que incluso se facilitarán tierras para plantar viñedo, y se ha firmado un tratado con España para intercambio de estudiantes. En los últimos años el gobierno ha tomado mucho interés por la industria del vino. Para salvaguardar la naturaleza, pretenden que la viña pueda vivir en armonía total con la flora, auténtico valor natural. En Sudáfrica ya existe algo parecido a las «denominaciones de origen» llamadas «Winegrowing Areas», aunque el control que ejercen no es tan estricto como en Europa. En la actualidad se proyecta hacer una legislación que conceda una etiqueta especial al vino nacido de un único pago. El fin o el principio Un momento emocionante fue pisar aquel lugar llamado «Cabo de Buena Esperanza» cuyo macizo peñón, precipicios y pedruscos han observado el trasiego de bravos navegantes e inspirado cientos de historias, muchas de ellas tenebrosas, como el cuento del poeta alemán Heinrich Heine, cuando recrea una de las terribles tormentas que se originan en ese punto fascinante. Richard Wagner se inspiró en él para componer «El Holandés Errante», una de sus mejores óperas. Y junto al Cabo, la Bahía Falsa (False Bay), así llamada porque, debido a las nieblas cerradas que allí suelen formarse, los exploradores pensaban equivocadamente que por allí circundarían el continente con sus navíos. Decisión arriesgada, porque dicen que se accede fácilmente, pero que es difícil salir por culpa de las fortísimas corrientes que se originan. El efecto «False Bay» se deja sentir cuando el viajero debe poner punto final a su visita. Una misteriosa corriente ejerce su fuerza de atracción e influye tanto en el ánimo del caminante que hace encallar su entendimiento. De compras Vaughan Johnson’s Wine &Cigar Shop Dock Road, Waterfront. Cape Town +27 (21) 419 21 21 vjohnson@mweb.co.za Una vinoteca muy bien surtida con las últimas novedades del vino sudafricano. Si no está seguro de lo que busca, déjese llevar, los consejos de los responsables son siempre acertados. para comer La Colombe Constantia Uitsig, Spaanchemat Road Tel. +27 (21) 794 2390 Posiblemente el mejor restaurante de Sudáfrica, según los expertos nativos. Y es que se disfruta de una cocina sólida, basada en una gran materia prima, un servicio primoroso y una extensa carta de vinos. Aubergine Gardens 39 Barnet Street. Cape Town Tel. +27 (21) 465 4909 Influencia asiática. Que nadie espere ver muchos animales africanos en la provincia de El Cabo si no es en el plato de restaurantes como este. Buen surtido de carnes diversas, gacela, avestruz y guiños a la cocina de autor. para dormir Le Quartier Français 16 Huguenot Rad Franschhoek Tel. +27 (21) 876 2151 Un “Releais & Châteaux” con ambiente francés en Sudáfrica. En Franschhoek donde hasta los nombres de las calles recuerdan este país. The Greenhouse (Cellars-Hohenort) 93, Brommersvlei Rd. Constantia 7800 Cape Town Tel. +27 (21) 794 21 37 Además de la belleza de su enclave, de la cuidada botánica o de la paz de sus aposentos, está rodeado de viñas y posee un restaurante sorprendente, con una gran carta de vinos internacional.

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