REPORTAJES
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Este es el cuaderno de viaje por tierras riojanas. Un recorrido desde Logroño hasta los pueblos donde se encuentran los templos vanguardistas del vino. Un trayecto cuya guía es el vino elaborado con la uva más emblemática de la tierra: la (el) Tempranillo

U n paisaje de vid. Un horizonte de diseño. Un mapa de tradición. Una copa siempre llena del ayer, envuelta en el hoy, generosa en el mañana. Se despereza esta tierra bañada en un mar de nubes que va desvaneciéndose poco a poco dejando ante los ojos del viajero la postal de una historia apegada al vino. Al vino de uvas que en su día los más visionarios trajeron de Europa; pero también, a las uvas arraigadas a esta tierra.

Si tan solo nos dejáramos llevar por las voces que hablan de su historia, que nos cuentan cómo son, que nos describen a qué sabe su Rioja, seguramente en más de una frase aparecerá la palabra Tempranillo o el vino elaborado con esta uva relacionados con algún aspecto del sentir y vivir de esta tierra.
La (el) Tempranillo. Su nombre lo dice todo ella: es la primera en brotar y la primera que pide ser recogida antes de que lleguen las heladas. En un grano de uva se concentran altamente los taninos, es amorosa con la crianza en madera y buena compañera de los coupages más atrevidos. Hay quien se atreve a decir que las características de la Tempranillo guardan estrecha relación con el propio carácter riojano: abierta, amable y acogedora. ¿Quién sabe? Lo cierto es que esta uva es la seña de identidad de Rioja.

Sí, es cierto que los campos de Castilla y León, La Mancha o Cataluña cultivan y hacen grandes vinos con la Tempranillo, la llaman, lejos de La Rioja, Cencibel, Ull de lebre, Tinta del País, Tinto Fino... pero es en Rioja donde el jugo de esta uva sirve de tinta para escribir el comienzo de este viaje, el primero de un ciclo de rutas (que irán saliendo a lo largo del año en esta revista) que nos llevará a conocer España a través de sus uvas. De uva en uva: primera parada, Rioja.

 

Visionarios

Habitan tres riojas en la propia Rioja: la Alavesa, la Alta y la Baja. Más de 60.000 hectáreas de viñedo del que se extrae una media de un millón y medio de hectolitros. Un campo de vid peinado con una natural raya al medio, la que traza el río Ebro. De este río brotan siete afluentes: Tirón, Oja, Nejerilla, Iregua, Leza, Cidacos y Alhama. Los malos vientos no revolotean por esta tierra, su escudo natural son las propias montañas: las sierra de la Demanda –al Sur– y las de Oberenes y Cantabria –al Norte –. Tierra de arcilla, caliza y hierro.

Cuenta la historia que fueron los romanos quienes comenzaron a plantar cepas en los valles próximos al Ebro. Se debe a ellos el conocimiento y la sabiduría del cultivo de la tierra. Cuando uno indaga sobre Rioja en los lugares de culto de esta tierra le descubren que realmente los romanos transportaban el vino en galeras por el río Ebro y lo llevaban a la antigua Varia, ese puerto comercial que aquí atribuyen al vario logroñés de Varea. Allí se recogía el vino que más tarde se transportaría a la metrópoli. Pasaron los años, cambiaron las poblaciones y también los hábitos de elaboración y consumo. Curiosamente en esta tierra, entrada la era medieval, la tradición de hacer vino se trasladó mayoritariamente a los campos de labranza próximos a los monasterios. Concretamente a los de San Millán de la Cogolla, Albelda de Iregua, Valvanera... Aquella época fue floreciente y la calidad de la uva estaba garantizado por las ordenanzas municipales de Logroño. Se bebía vino en Rioja. Se comercializaba y se apreciaba dentro y fuera de la región. Pero hubo un momento clave para el lanzamiento del vino riojano y fue a mediados del siglo xix, cuando los campos franceses fueron arrasados por la filoxera. Entonces se comenzó a exportar a Francia. Dicen los expertos que esto fue clave para dos cosas: el refinamiento del vino que se elaboraba en España y el posicionamiento de los vinos riojanos en el mundo. Durante los siglos xix y xx, Rioja se situó entre los mejores viñedos de España, en 1925 constituyó la primera denominación de origen del país y en 1991 la primera denominación de origen calificada.

Sin embargo, cuando viajas por esta tierra, dejándote llevar por la palabra de los entendidos, te encuentras rindiendo pleitesía a dos marqueses cuyo espíritu empresarial y alma visionaria impulsaron y mejoraron los vinos riojanos. Estamos hablando del marqués del Riscal y del marqués de Murrieta. 

Camilo Hurtado de Amézaga y Balmaseda, más conocido como el marqués de Riscal, periodista, librepensador...  Hijo de militar, estudió en París y en Burdeos. “Recibió el encargo de la Diputación Foral de Álava de contratar a un enólogo que, yendo a Rioja Alavesa, pudiera enseñar a los cosecheros de la comarca las técnicas empleadas en el Médoc para producir vinos según el sistema francés. Así, el marqués contactó con Jean Pineau, que tenía las bodegas del Château Lanessan, con quien firmó un contrato para asesorar a los productores alaveses”. Se dice que el marqués envió a Rioja Alavesa “nueve mil sarmientos de total garantía”: Cabernet Sauvignon, Merlot, Malbec y Pinot Noir... Uvas traídas de Francia que sirvieron para hacer los primeros experimentos en viña. Unas viñas, ya entonces, pobladas de Tempranillo y Graciano.

Al marqués de Riscal se le debe la introducción de nuevos vinos, pero también innovaciones como la malla metálica que cubría las botellas. En aquel entonces ese invento fue, por un lado, un detalle de elegancia y distinción; y, por otro, la llave de seguridad por la que nadie podía rellenar las botellas con otro vino que no fuera el elegido. Él también fue uno de los primeros en usar barricas de 225 litros y el primero en colocar las botellas en posición horizontal para su mejor conservación.

Por otra parte, el marqués de Murrieta, Luciano Francisco Ramón Murrieta García Ortiz Lemoine. Nació en Perú pero vivió toda su vida en Logroño. Fue militar y viticultor. También se trajo la Cabernet Sauvignon y la Merlot, las cultivó en tierra riojana e inspirado en el modelo bordelés comenzó a hacer unos vinazos que pronto comenzaron a posicionarse entre los mejores del mundo. Entre 1878 y 1879 muchos de sus vinos recibieron medallas de oro en exposiciones universales. La labor del marqués no solo fue hacer grandes vinos, sino que fue clave en la evolución de los vinos de la tierra y en el trabajo de esa Tempranillo que ya cultivaban los agricultores en Rioja. A ellos ayudó, enseñándoles nuevos métodos, ayudándoles a trabajar mejor la tierra...

Toda esta historia sigue viva en La Rioja de hoy. Para descubrirla solo hace falta viajar por su geografía. Primera parada: su capital, Logroño. Sus aceras modernas acuñan el verdadero sentir de esta tierra: los racimos de vid de Tempranillo. Hay que seguir la uva para descubrir esta ciudad. Así se llegará a la concatedral de Santa María de La Redonda. Si se sube al campanario se descubrirá la Rioja que luego encontraremos a pie de viña: tejados vetustos frente a los edificios modernos de Logroño, sus torres, sus cigüeñas, el Ebro, los tres puentes, la lluvia, el sol, los charcos y los campos de labranza... La huerta y la vid. Dos partes indisolubles de Rioja. Para entender su huerta es necesario visitar dos lugares emblemáticos: el mercado de abastos de Logroño y Calahorra, en la Rioja Baja. Pimientos, alcachofas, cardos, borrajas... Caretas de cerdo y otras entrañas... Verduras que animan menús de temporada, contundentes y sabrosos. No se entendería Rioja si no se comprendiera su gastronomía, en su gran mayoría siempre regada con alguno de los grandes Tempranillos de la comarca. Sus cartas populares rezan: caparrones (esas alubias pequeñas, rojizas con pintitas negras) con sus punzantes guindillas, patatas con chorizo (o, lo que es lo mismo, a la riojana), callos, manitas, lecherillas, asadurillas, caracoles, calderete pastoril (con cordero y patatas), bacalao, careta de cerdo... mazapanes de Soto o fardelejos (un hojaldre relleno de mazapán que se introdujo en La Rioja en los siglos IX y X. Es muy típico de Arnedo).

Logroño es una ciudad tranquila de día y jovial por la noche. Quien pone los pies en esta capital se pierde, irremediablemente, por su ruta más famosa: la de la Senda de los Elefantes (porque quien sale de ella “lo hace con una buena trompa”). Un recorrido por la calle Laurel y aledaños a golpe de tapa y vino Tempranillo: El Ángel, Baden, Bar Cid, Charly, Juan y Pínchame, Bar Pali o Pata Negra... las orejas de cordero rebozadas, las alcachofas frescas rebozadas, los montaditos de morcilla con huevo de codorniz, morrillos fritos... y para terminar, los champis de El Soriano, que es casi como otro lugar de peregrinación en esta ciudad.

 

Descubrimientos

Dejamos la urbe para aventurarnos por la viña, rumbo a Rioja Alta. Esa tierra de vid bañada por los ríos Tirón, Oja y Najerilla donde se arremolinan las comarcas de Haro, Santo Domingo de la Calzada, Ezcaray, Nájera y Anguiano. Se dice que las montañas de Sierra Cantabria impiden que las nubes y los gélidos vientos salgan del Norte y ocupen los cielos de la alta Rioja, protegiendo así la vid. Hay que coger la A-124, una carretera zigzagueante, que nos lleva a descubrir estos rincones riojanos. Una postal que vuelve a repetir la imagen de campo de vid tan característica de esta tierra. Sí, es así, no hay hueco ni minúsculo rellano en los campos riojanos que no esté cubierto de uva. A la estela del gran río se puede emprender el más bello viaje por estas tierras: de Logroño a Haro navegando por un río de vino. Así llegamos a Haro, ‘la Costa del Vino’–como la llaman–. Fue fundada por los romanos y adorada a lo largo de los siglos por su situación estratégica. El pueblo es una delicia de hermosas plazas y callecitas en las que se puede ir descubriendo al paso legendarias casas palaciegas como el Palacio de Bendaña o el de los Condestables, o el convento de San Agustín (siglo xiv) hoy convertido en hotel, la basílica barroca de Nuestra Señora de la Vega (siglo xviii) que es el templo de la patrona de la localidad, y hacer parada en el Barrio de la Estación. Lo que fueron las antiguas caballerizas se convirtieron en la segunda mitad del siglo xix en una moderna estación ferroviaria desde donde se transportaba el vino. Este lugar es clave para entender la Rioja vinícola y el alma de su Tempranillo. De las antiguas bodegas que en aquellos orígenes tenían sede allí ya no queda ninguna. Fue en  1877 cuando se instaló la primera, R. López de Heredia y Landeta, dos años más tarde se crearía la Compañía Vinícola del Norte de España (CVNE); en 1886, el Duque de Moctezuma funda la bodega A. y J. Gómez Cruzado; en 1890 se instala La Rioja Alta y en 1901 se crea Bodegas Bilbaínas. En los setenta se une al barrio Muga (fundada en 1932) y una década más tarde llegaría Roda. 

A tan solo tres kilómetros de Haro se encuentra el bellísimo pueblo de Briones y allí nos encontraremos con el que posiblemente sea el mejor museo del vino de España, el de Dinastía Vivanco. Se trata de la colección privada de Pedro Vivanco, un enamorado del arte, el vino y su tierra riojana, que durante años ha ido recopilando piezas valiosas y curiosas relacionadas con el vino, cuadros, libros, sacacorchos (increíble la colección), aperos, documentos históricos, esculturas... Piezas originales que se van distribuyendo por las cuatro plantas que tiene el museo (9.000 metros), un espacio vanguardista que realmente tienta a viajar en el tiempo a través del vino. Alrededor del museo, se extienden 300 hectáreas de viñedo donde crecen las Tempranillo, Graciano, Mazuelo, Garnacha y Cabernet Sauvignon que también forman parte del museo, al igual que la impresionante bodega subterránea que tiene la familia justo al lado del edificio principal.

De extremo a extremo, cada Rioja tiene su personalidad a la hora de cuidar y mimar sus uvas y entre ellas su Tempranillo tradicional. Tradicionalmente, la Rioja Baja, con Calahorra como capital de la zona, es tierra de huerta y también de vid, de bodegueros, productores y almacenistas. Su capital es un vivo recuerdo de la ciudad romana que fue. En ella desembocan los ríos Cidacos y Ebro. Y desde ella se extiende una fertil tierra.

Tradicionalmente, los vinos de la Rioja Baja siempre han servido para fortalecer los de las otras riojas. Sin embargo, con el paso de los años se han ido asentando algunas bodegas que han marcado la diferencia y han dado el prestigio y la calidad a la zona. Tal es el caso en Alfaro de Palacios Remondo, aunque en esta casa la uva estrella es la Garnacha en un campo de vid trabajada por Álvaro Palacios. O Barón de Ley, una espectacular bodega metida en un monasterio o un monasterio con una espectacular bodega. Un templo del vino y del yantar. 

Seguir el camino del vino con parada en cada una de las muchas bodegas que están abiertas al turismo vinícola en la región. Y continuar aventurándose por las carreteras que en ocasiones, sobre todo cuando se atraviesa la Rioja Alavesa, comienza a serpentear entre viñas, regalándonos un paisaje espectacular y tentador. Así se llega al corazón de este trocito de la provincia: Laguardia. Un bello pueblo de callejuelas empedradas protegido por vetustas murallas. Una delicia para el peregrino de la vid, para el que busca la Tempranillo latente en sus bodeguitas de pie de calle, para el que se pierde en sus edificios medievales como la emblemática Casa Palacio del Fabulista Samaniego, el pórtico de Santa María o el conjunto lagunar… Pero Laguardia guarda bien un secreto: el secreto de la vid no está en la superficie, sino en el subsuelo. Todo el pueblo se encuentra horadado por bodegas y calados. Quien tiene una casa, tiene una cueva, quien tiene una cueva, tiene vino… quien tiene vino... entiende el sentir riojano. Con razón esta villa de vid es el corazón de la Rioja Alavesa y el lugar donde se encuentra el Centro Temático del vino Villa Lucía. Hay que parar aquí para comprender esta otra Rioja, visitar su museo y, después, seguir donde te lleve la Tempranillo.

La Rioja Alavesa está compuesta por 23 pueblos, más de 12.000 habitantes, 400 bodegas y 13.500 hectáreas de viñedo en un suelo de arcilla y cal. El 80% de la uva es Tempranillo Tinta y ahora también llega con fuerza la Tempranillo Blanca. Aquí se hacen algunos de los mejores vinos del mundo.

 

Pueblos de vanguardia

Es uno de los lugares mágicos de Rioja, el lugar donde la vanguardia se une a la tradición con plena normalidad. Las viñas rodean los pueblos de piedra, altivos en los tenues montes. El Ebro riega la ruda tierra. Y la tradición en Rioja Alavesa armoniza con el diseño, la vanguardia, la nueva mirada de los grandes y fantásticos nuevos templos del vino que bien merecen una visita.

Bodegas Ysios, del Grupo Pernod Ricard, despliega su techumbre de mariposa junto al pueblo de Laguardia. La obra es de Santiago Calatrava (2001). Otro de los lugares de peregrinaje es la bodega de Viña Real en lo alto del Cerro de la Mesa. Un edificio de hormigón, madera y acero inoxidable, con aires de noble moderno. Es sin duda un reflejo de esa modernidad y tradición que tanto nos recuerda esta tierra obra es del arquitecto francés Philippe Mazières.

En Samaniego, Bodegas Baigorri, obra del arquitecto Iñaki Aspiazu Iza, es un paraíso de cristal, una bodega con vistas a las viñas. En la localidad de Elciego se encuentra Bodega Antión, inaugurada en 2008, obra del arquitecto navarro Jesús Marino Pascual. Una estructura en cubo que recuerda a una cepa, creada con los colores de la piedra arenisca de la zona, todo ello rodeado por sus 100 hectáreas de viñedo.

También en Elciego se encuentra uno de los grandes templos del vino, el que construyó la bodega de Marqués de Riscal junto al tradicional y vetusto pueblo. Dicha obra de arte es una especial creación de Frank O. Gehry. Impactante postal que abre las puertas a su ciudad del vino, es decir, a una de las bodegas más antiguas de La Rioja (1858), a un hotel entre viñas impresionante –cinco estrellas– o un spa único.

Hay tres riojas en una misma Rioja. Compleja, rica, abierta, sabia. Cada viaje es un viaje siempre diferente, tradicional y moderno, que nos descubre esta  gran tierra de la vid.

 

El vino, en su casa

Aquí te dejamos algunas recomendaciones de bodegas que visitar, vivir y disfrutar en Rioja.

Bodegas Altún
Las Piscinas, 30 (Baños de Ebro)
www.bodegasaltun.com

 

Bodegas Baigorri
Ctra. Vitoria-Logroño, Km. 53 (Samaniego)
www.bodegasbaigorri.com

 

Bodega Barón de Ley
Ctra. Mendavia-Lodosa-, Km. 5 (Mendavia)
www.barondeley.com

 

Bodegas Bilbaínas
C/ Estación, 3 (Haro)
www.bodegasbilbainas.com

 

Bodegas Fernando Remírez de Ganuza
Constitución, 1 (Samaniego)
www.remirezdeganuza.com

 

Bodega Finca Valpiedra
Termino El Montecillo, s/n (Fuenmayor)
www.familiamartinezbujanda.com

 

Bodega de los Herederos del Marqués de Riscal
Torrea, 1 (Elciego)
www.marquesderiscal.com

 

Bodegas La Rioja Alta
Avda. de Vizcaya, 8 (Haro)
www.riojalta.com

 

Bodegas Luberri - Familia Monje Amestoy
Camino de Rehoyos, s/n (Elciego)
www.luberri.com

 

Bodegas Luis Cañas
Ctra. Samaniego, 10 (Villabuena)
www.luiscanas.com


Bodegas Paco García
Crta. Ventas Blancas, s/n (Murillo de Río Leza)
www.bodegaspacogarcia.com

 

Bodegas Pagos del Rey
Crta. N- 232. Km. 422,7 (Fuenmayor)
www.pagosdelrey.com

 

Bodegas Palacio
San Lázaro, 1 (Laguardia)
www.bodegaspalacio.es

 

Bodegas Ramón Bilbao
Avda. Santo Domingo, 34 (Haro)
www.bodegasramonbilbao.es

 

Bodegas Riojanas
C/ Estación, 1 - 21 (Cenicero)
www.bodegasriojanas.com

 

Bodegas Sonsierra
Paseo de Logroño, 3 (San Vicente de la Sonsierra)
www.sonsierra.com

 

Bodegas Tobía
Paraje Senda Rutia s/n (Cuzcurrita de Río Tirón)
www.bodegastobia.com

 

Bodegas Ysios
Camino de la Hoya, s/n (Laguardia)
www.ysios.com

 

Viñedos y Bodegas de la Marquesa
C/ Herrería, 76 (Villabuena de Álava)
www.valserrano.com

 

Viñedos y Bodegas Sierra Cantabria
Amorebieta, 3 (San Vicente de la Sonsierra)
www.eguren.com

 

Para no perderse

MUSEO DINASTÍA VIVANCO. Es uno de los enclaves más impresionantes para sumergirse en la cultura del vino. Se organizan visitas guiadas. Se recomienda reservar a través del teléfono 902 320 001. Toda la información en: www.dinastiavivanco.es

MONASTERIOS. Tienen mucho que ver con la evolución del vino en esta tierra, pero también son iconos de historia y visitas indispensables. A 42 kilómetros de Logroño encontrás los monasterios de San Millán, elevados a la categoría de Patrimonio de la Humanidad. Indispensable la visita al monasterio de Yuso y al de Suso. Ambos son dos tesoros arquitectónicos.

HUELLAS PREHISTÓRICAS. A unos 60 minutos de Logroño se llega a la Rioja Baja. Un enclave indispensable para el que busque el origen de la humanidad, ya que aquí se encuentra uno de los mayores conjuntos de yacimientos de pisadas fósiles de dinosaurios. Aunque hay muchas localidades a visitar, es indispensable pasar por elEnciso, Arnedill e Igea. Que no falte la visita a la Virgen del Campo (cerca de Enciso), Valdecillo (a tres kilómetros del anterior), Peñaportillo y la Canal (a 3,5 km. de Munilla), y el Centro Paleontológico de Enciso (Tel. 941 396 093) y el Centro de Igea (Tel. 941 194 001).

COMER CON ESTRELLA. Hay que ir hasta Ezcaray, bellísima localidad, y reservar mesa en uno de los mejores restaurantes de nuestro país, Echaurren (www.echaurren.com). Con dos Estrellas Michelin, Francis Paniego y su familia ponen en alta cocina la tradición de la tierra. Tiene varios menús pero el viaje nos pide apostar por el menú con vinos de la tierra. Una delicia.

CAMINO DE SANTIAGO.  Logroño, capital de peregrinaje y el inicio de un camino que te lleva por varios pueblos de la tierra como Nájera o el monasTerio de Santo Domingo de la Calzada.

EL BARRIO DE LA ESTACIÓN. Merece una visita, porque esto supone sumergirse en la historia vinícola de esta región. Sin duda, quien quiera encontrar todas las emblemáticas bodegas que han hecho de La Rioja uno de los mejores lugares de vino en el mundo tiene que pasar por aquí.

Modificado por última vez en
Sara Cucala

Directora de MiVino.

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