- Antonio Candelas
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- 2025-03-08 00:00:00
El vino es el resultado de una compleja interacción entre diversos factores como el clima, la variedad de uva o el manejo del viñedo. Sin embargo, el terreno donde se aferra la vid juega un papel fundamental, puesto que no solo le sirve de agarre, sino que es de allí de donde toma el sustento. Cada tipo de suelo confiere unas caulidades específicas a la vid y, por lo tanto, al vino.
En nuestro país, existen varios tipos de suelos que han demostrado su influencia en la expresión de los vinos. En primer lugar, los blancos suelos calcáreos están ampliamente presentes en nuestra geografía, con ejemplos destacados en el Marco de Jerez, ambas mesetas y la Rioja Alavesa. Se componen principalmente de carbonatos, lo que confiere a los vinos una gran finura y delicadeza. Estos suelos tienen una capacidad moderada de retención de agua y favorecen una maduración equilibrada de la uva, permitiendo la elaboración de vinos con frescura, estructura y notable longevidad.
Los terrenos con proporción de arcilla se caracterizan por su capacidad de retención de agua, lo que los convierte en terrenos frescos y con reservas hídricas suficientes para soportar los meses de escasez de lluvias del ciclo vegetativo. Este tipo de suelo es ideal para el cultivo de variedades tintas, ya que permite una maduración pausada y homogénea. Los vinos que nacen en suelos arcillosos suelen destacar por su intensidad aromática y una gran expresión en boca, con buena estructura y persistencia.
Los suelos arenosos en nuestro país provienen mayoritariamente de la descomposición del granito. Su principal cualidad es su excelente capacidad de drenaje, lo que impide la acumulación excesiva de humedad y favorece el desarrollo de uvas sanas. Los vinos provenientes de estos suelos suelen tener una marcada tensión en boca, con perfiles vibrantes y una determinante sensación mineral. Además, el drenaje eficiente limita la aparición de enfermedades en la vid, lo que permite obtener vinos expresivos y definidos.
Los suelos de pizarra se encuentran en regiones como Priorat y Montsant, así como en Valdeorras, Cebreros y zonas aragonesas como Campo de Borja o Calatayud. La pizarra es un material que retiene el calor durante el día y lo libera lentamente por la noche, favoreciendo una maduración óptima de la uva. Los vinos resultantes suelen tener una gran concentración, estructura y una notable carga mineral que se traduce en una marcada personalidad.
De los suelos más personales que tenemos son los volcánicos. Son unos terrenos únicos en su capacidad de transmitir a los vinos una impronta distintiva. Se encuentran principalmente en las Islas Canarias, donde su naturaleza volcánica dota a los vinos de una personalidad singular e inimitable. Estos vinos suelen presentar notas ahumadas, de pedernal y una mineralidad intensa que los hace inconfundibles. La baja fertilidad de estos suelos obliga a la vid a esforzarse, lo que se traduce en vinos de gran complejidad y estructura.
Por último, los suelos de canto rodado de origen fluvial o pedregosos, que –si bien ejercen de regulador térmico– además son capaces de filtrar el agua hacia horizontes más profundos del terreno. Estas pinceladas, en términos generales, sobre los diferentes terruños son importantes para comprender su influencia en el vino, permitiendo valorarlo en términos de origen y expresión.
Aunque en esta cata nos hemos centrado en describir la influencia del suelo como elemento inerte a través de su composición y textura, no debemos olvidar que este es el sustrato donde una vida casi infinita se desarrolla, lo que es si cabe más relevante. En la actualidad, existen muchos estudios que tratan de explicar cómo se establecen sinergias entre los microorganismos del suelo y la propia vid a través de sus raíces. Un mundo por descubrir e interpretar que da y dará para mucho en un futuro no muy lejano.